Mascullando que iría a averiguar si tenía tiempo para dar un paseo con él, entré en la oficina y confirmé con el empleado, con la máxima precisión y a costa de poner a prueba su paciencia, el momento más temprano en el que se podía esperar el carruaje, algo que yo ya sabía de antemano tan bien como él. Me reuní entonces con el señor Wemmick y, fingiendo consultar mi reloj y mostrarme sorprendido por la información que había recibido, acepté su oferta.
Estábamos en Newgate en pocos minutos, y pasamos por la portería, donde colgaban unos grillos en las paredes desnudas entre las reglas de la prisión, hacia el interior de la cárcel. Por entonces las prisiones estaban muy descuidadas, y el periodo de reacción exagerada consecuente a todo delito público —y que siempre es su castigo más duro y prolongado— aún le anidaba lejos.
Así pues, los malhechores no se alojaban ni se alimentaban mejor que los soldados (por no hablar de los pobres), ni solían prender fuego a sus prisiones con el excusable propósito de mejorar el sabor de su sopa.
Era la hora de visitas cuando Wemmick me introdujo, y un dependiente de taberna rondaba repartiendo cerveza; y los prisioneros, tras los barrotes de los patios, compraban cerveza y hablaban con amigos; y era una escena descuidada, fea, desordenada y deprimente.
Se me ocurrió que Wemmick caminaba entre los presos casi como un jardinero podría caminar entre sus plantas. Esto se me metió por primera vez en la cabeza al verle un brote que había salido durante la noche, y decir: «¿Cómo, capitán Tom? ¿Estás ahí? ¡Ah, vaya!» y también: «¿Es ese Bill el Negro detrás de la cisterna? Vaya, si no te esperaba hasta dentro de dos meses; ¿cómo te encuentras?».