Mi primer impulso fue llamar a Herbert y enseñarle a los dos hombres que se marchaban. Pero reflexionando, antes de llegar a su habitación, que estaba en la parte trasera de la casa y lindaba con la mía, en que él y Startop habían tenido un día más duro que yo y estaban fatigados, me abstuve.
Volviendo a mi ventana, pude ver a los dos hombres avanzando por la ciénaga. Con aquella luz, sin embargo, pronto los perdí de vista y, sintiendo mucho frío, me acosté a pensar en el asunto y me quedé dormido de nuevo.
Nos levantamos temprano. Mientras paseábamos de un lado a otro, los cuatro juntos, antes de desayunar, creí oportuno relatar lo que había visto.
De nuevo, nuestro protegido era el menos inquietado del grupo. Era muy probable que los hombres pertenecieran a la Aduana —dijo con calma— y que no tuvieran ninguna intención con respecto a nosotros.
Intenté persuadirme de que así era —como, en verdad, bien podía serlo.
Sin embargo, propuse que él y yo nos fuéramos caminando juntos hasta un punto distante que podíamos divisar, y que el bote nos recogiera allí, o lo más cerca que resultara factible, hacia el mediodía.
Considerada esta una buena precaución, poco después de desayunar él y yo partimos, sin decir nada en la taberna.
Él fumaba en pipa mientras caminábamos, y de vez en cuando se detenía para darme una palmada en el hombro. Cualquiera habría supuesto que era yo el que estaba en peligro, no él, y que era él quien me estaba tranquilizando. Hablamos muy poco. Al acercarnos a la punta, le rogué que permaneciera en un lugar resguardado, mientras yo seguía adelante para reconocer el terreno; pues