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nydus/Great ExpectationsPublic
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Capítulo XXIX

lo hacía rodar en la boca, se lo tragaba, volvía a mirar la copa, olía el oporto, lo probaba, se lo bebía, volvía a llenarla y volvía a someter a interrogatorio a la copa, hasta que yo me ponía tan nervioso como si supiera que el vino le estaba contando algo en mi detrimento. Tres o cuatro veces pensé débilmente en entablar conversación; pero siempre que me veía dispuesto a preguntarle algo, me miraba con la copa en la mano y haciendo rodar el vino por su boca, como si me pidiera que advirtiera que no servía de nada, pues él no podía contestar.

Creo que la señorita Pocket era consciente de que verme la exponía al peligro de enloquecer de rabia, y quizás arrancarse la cofia —que era espantosa, parecida a una fregona de muselina— y esparcir por el suelo sus cabellos —que con toda seguridad jamás le habían nacido en la cabeza.

No apareció cuando después subimos a la habitación de la señorita Havisham, y los cuatro jugamos al whist.

Mientras tanto, la señorita Havisham, de un modo extravagante, había colocado algunas de las joyas más hermosas de su tocador en el cabello de Estella, y alrededor de su pecho y sus brazos; y vi que incluso mi tutor la miraba desde debajo de sus espesas cejas y las levantaba un poco, cuando tenía ante sí tanta hermosura, con aquellos ricos destellos de brillo y color.

De la manera y medida en que confiscaba nuestros triunfos y salía con cartas mezquinas y diminutas al final de las manos, ante las cuales la gloria de nuestros Reyes y Reinas quedaba totalmente abatida, no digo nada; ni tampoco del sentimiento que experimentaba respecto a cómo nos miraba, en lo personal, a la manera de tres adivinanzas muy obvias y pobres que él había descubierto hacía mucho tiempo. Lo que me hacía sufrir era la incompatibilidad entre su fría presencia y mis sentimientos hacia Estella. No era el saber que jamás podría soportar

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