Descubrí entonces que Wemmick era el empleado del cuarto de al lado. Llamaron con una campanilla a otro empleado para que bajara de arriba a ocupar su lugar mientras él estuviera fuera, y lo acompañé a la calle, después de estrechar la mano de mi tutor.
Encontramos a otro grupo de personas rondando afuera, pero Wemmick se abrió paso entre ellas diciendo con frialdad pero con firmeza: «Os digo que no sirve de nada; no dirá una sola palabra a ninguno de vosotros»; y pronto nos alejamos de ellos y continuamos codo con codo.