—Ahora, lobo —dijo—, antes de matarte como a cualquier otra bestia, que es lo que pienso hacer y para lo que te he atado, voy a echarte una buena mirada y a darte unos buenos aguijonazos. ¡Ah, enemigo!
Se me había pasado por la cabeza volver a pedir ayuda a gritos; aunque nadie mejor que yo sabía lo solitario del lugar y lo estéril de cualquier auxilio. Pero mientras él se regodeaba contemplándome, me sostuvo una despectiva aporía hacia él que selló mis labios. Por encima de todo, resolví que no le suplicaría, y que moriría oponiéndole una última y pobre resistencia. Por mucho que mis pensamientos hacia el resto de los hombres se hubieran ablandado en aquella terrible circunstancia; por mucho que le pidiera perdón humildemente al Cielo; por mucho que se me hubiera derrumbado el corazón al pensar que no me había despedidoy que jamás