la cabeza y en la columna; después de asestarle los golpes, algo pesado había sido arrojado contra ella con considerable violencia, mientras yacía boca abajo. Y en el suelo, a su lado, cuando Joe la levantó, había un grillete de preso que había sido cortado con lima.
Ahora Joe, examinando este grillete con ojo de herrero, declaró que había sido limado en dos hacía ya algún tiempo.
Al extenderse la alarma general hacia los presidios flotantes, y al venir gente de allí a examinar el hierro, la opinión de Joe quedó corroborada.
No se aventuraron a decir cuándo había abandonado los barcos prisión a los que indudablemente había pertenecido en su día; pero aseguraban saber con certeza que esa esposa en particular no la había llevado ninguno de los dos convictos que se habían escapado la noche anterior.
Además, uno de aquellos dos ya había sido recapturado y no se había quitado el grillete.
Sabiendo lo que sabía, hice aquí una deducción propia. Creí que el grillete era el de mi presidiario —el grillete que lo había visto y oído limar en las marismas—, pero mi mente no lo acusaba a él de haberle dado su último uso. Pues creía que otra de estas dos personas se había apoderado de él y lo había empleado para este fin cruel: o bien Orlick, o el hombre extraño que me había enseñado la lima.
Ahora bien, en cuanto a Orlick; había ido al pueblo exactamente como nos dijo cuando lo recogimos en el cruce, se le había visto por el pueblo durante toda la tarde, había estado en diversas compañías en varias tabernas, y había vuelto conmigo y con el señor Wopsle. No había nada en su contra, salvo la pelea; y mi hermana se había peleado con él, y con todos los demás a su alrededor, diez mil veces. En cuanto al hombre extraño; si hubiera vuelto por sus dos billetes de banco, no habría podido haber discusión sobre ellos, porque mi hermana