No tuve ni la sensatez ni el buen sentimiento de comprender que todo aquello era culpa mía, y que si yo hubiera sido más condescendiente con Joe, Joe habría sido más condescendiente conmigo. Me sentía impaciente con él y de mal humor; estado en el cual amontonó ascuas de fuego sobre mi cabeza.
—Estando los dos solos ahora, señor —comenzó Joe.
—Joe —interrumpí, con petulancia—, ¿cómo puedes llamarme «señor»?
Joe me miró durante un solo instante con algo débilmente parecido al reproche. Por muy absurda que fuera su corbata, y como lo eran sus cuellos, fui consciente de una especie de dignidad en aquella mirada.
—Estando nosotros dos solos ahora —prosiguió Joe—, y teniendo yo la intención y la capacidad de no quedarme muchos minutos más, voy ahora a concluir —al menos a empezar— a mencionar qué ha motivado que tenga el presente honor. Porque de no ser —dijo Joe, con su viejo aire de lúcida exposición— que mi único deseo fuera serle útil a usted, no habría tenido el honor de partir vítuallas en la compañía y morada de caballeros.
Me repugnaba tanto volver a ver esa mirada, que no hice ninguna objeción a ese tono.
“Ver usted, señor —siguió diciendo Joe—, esto fue así. Yo estaba en el Barqueros la otra noche, Pip” —siempre que recaía en el afecto, me llamaba Pip, y siempre que recaía en la cortesía, me llamaba señor—; “cuando llegó en su calesita Pumblechook. El cual, dicho individuo —dijo Joe, tomando un nuevo rumbo—, me peina a veces al revés, de un modo espantoso, al ir diciendo por todo el pueblo que fue él quien tuvo la compañía de su infancia y a quien usted consideraba un compañero de juegos”.