El señor Pocket dijo que se alegraba de verme, y que esperaba que yo no sintiera verle a él.
«Porque, la verdad es que no soy —añadió, con la sonrisa de su hijo— un personaje alarmante».
Era un hombre de aspecto joven, a pesar de sus preocupaciones y de su cabello muy canoso, y sus maneras parecían de lo más naturales. Uso la palabra natural en el sentido de que no eran afectadas; había algo cómico en su manera distraída, como si hubiera rozado lo totalmente ridículo de no ser por su propia percepción de que estaba muy cerca de serlo.
Cuando hubo hablado un poco conmigo, le dijo a la señora Pocket, con una contracción bastante ansiosa de sus cejas, que eran negras y hermosas: «Belinda, espero que hayas recibido al señor Pip».
Y ella levantó la vista de su libro y dijo: «Sí».
Luego me sonrió con un estado mental ausente y me preguntó si me gustaba el sabor del agua de azahar. Como la pregunta no tenía relación alguna, ni cercana ni remota, con ningún asunto previo o posterior, considero que fue lanzada, al igual que sus aproximaciones anteriores, en señal de general condescendencia conversacional.
Me enteré en pocas horas, y puedo mencionar de una vez, que la señora Pocket era la única hija de cierto caballero difunto de lo más accidental, el cual se había forjado la íntima convicción de que a su difunto padre lo habrían hecho baronet de no ser por la decidida oposición de alguien surgida de motivos enteramente personales —olvido de quién, si es que alguna vez lo supo—, el soberano, el primer ministro, el lord canciller, el