le había dado al muchacho basto y vulgar como se le habría dado una moneda, y que no valía nada.
Entre las visitas de cumpleaños, las tarjetas y la pelea, mi estancia se había prolongado tanto que, cuando me acerqué a casa, la luz de la lengua de arena frente a la punta de las marismas brillaba contra un cielo nocturno y negro, y la fragua de Joe arrojaba un sendero de fuego a través del camino.