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nydus/Great ExpectationsPublic
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XXVII

—Pues —dijo Joe—, sí, desde luego que había un montón de cáscaras de naranja. Sobre todo cuando vio al fantasma.

Aunque se lo dejo a su criterio, señor, si aquello estaba calc’lado para mantener a un hombre entregado a su labor con buen ánimo, el meterse continuamente de por medio entre él y el fantasma con un «¡Amén!».

Uno puede haber tenido un contratiempo y haber estado en la iglesia —dijo Joe, bajando la voz a un tono argumentativo y sentido—, pero eso no es razón para que lo echen a uno a perder en semejante momento. Lo que quiero decir es que, si al fantasma del propio padre de uno no se le permite reclamar su atención, ¿qué se le va a permitir, señor? Y más todavía, cuando su sombrero de luto es por desgracia tan pequeño que el peso de las plumas negras hace que se le caiga, por mucho que uno intente mantenerlo puesto.

Un efecto de ver fantasmas en el propio semblante de Joe me indicó que Herbert había entrado en la habitación. Así pues, le presenté Joe a Herbert, quien le tendió la mano; pero Joe retrocedió, aferrándose al nido de pájaro.

—Servidor de usted, señor —dijo Joe—, esperando que usted y Pip —aquí su mirada recayó sobre el Vengador, que estaba poniendo unas tostadas en la mesa, y denotó tan claramente la intención de hacer de aquel jovencito un miembro de la familia, que lo fruncí con el ceño hasta desconcertarle aún más—, quiero decir, ustedes dos caballeros... esperando que gocen de buena salud en este sitio tan encerrado. Pues este sitio tal vez sea una fonda muy buena, según las opiniones de Londres —dijo Joe confidencialmente—, y creo que su reputación la respalda; pero yo no metería un cerdo en ella ni aunque fuera con el deseo de que engordara sano y con un sabor meloso.

Habiendo rendido este lisonjero testimonio a los méritos de nuestra morada, y habiendo mostrado de paso esta tendencia a llamarme

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