joven que yo, pero tenía astucia, y tenía estudios, y me superaba quinientas veces y sin piedad. Mi señora, con la que pasé las malas —¡Alto, sin embargo! A ella no la he metido—
Miró a su alrededor de manera confusa, como si hubiera perdido la página en el libro de su memoria; y volvió el rostro hacia el fuego, y extendió las manos más ampliamente sobre sus rodillas, y las levantó y las volvió a poner.
“No hay necesidad de entrar en detalles —dijo, mirando alrededor una vez más—.
El tiempo con Compeyson fue casi tan duro como cualquier otro que haya pasado; dicho eso, todo está dicho. ¿Te conté que a mí me juzgaron, solo, por un delito menor, mientras andaba con Compeyson?”.
Respondí que no.
—¡Pues —dijo—, yo caí y fui condenado! En cuanto a que me detuvieran por sospechas, eso fue dos o tres veces en los cuatro o cinco años que aquello duró; pero faltaban pruebas. Al final, a Compeyson y a mí nos procesaron por felonía —bajo el cargo de poner en circulación billetes robados—, y había otros cargos pendientes. Compeyson me dijo: «Defensas separadas, nada de comunicación», y eso fue todo. Y era tan miserablemente pobre que vendí toda la ropa que tenía, excepto lo que llevaba puesto, antes de poder costear a Jaggers.
“When we was put in the dock, I noticed first of all what a gentleman Compeyson looked, wi’ his curly hair and his black clothes and his white pocket handkercher, and what a common sort of a wretch I looked. When the prosecution opened and the evidence was put short, aforehand, I noticed how heavy it all bore on me, and how light on him.