Había un patio delantero, y este estaba enrejado; así que tuvimos que esperar, tras tocar el timbre, hasta que alguien viniera a abrir. Mientras esperábamos en la verja, eché un vistazo al interior (aun entonces el señor Pumblechook dijo: «¿Y catorce?», pero fingí no oírlo) y vi que a un lado de la casa había una gran cervecería. No se estaba elaborando cerveza alguna en ella, ni parecía haberse elaborado desde hacía muchísimo tiempo.
Se abrió una ventana y una voz clara preguntó: «¿Qué nombre?». A lo cual mi guía respondió: «Pumblechook». La voz replicó: «Muy bien», y la ventana se volvió a cerrar; entonces una joven cruzó el patio con unas llaves en la mano.
—Este —dijo el señor Pumblechook— es Pip.
—Este es Pip, ¿no? —respondió la joven, que era muy bonita y parecía muy orgullosa—; pasa, Pip.
El señor Pumblechook también iba a entrar, cuando ella lo detuvo con la verja.
—¡Oh! —dijo ella—. ¿Deseaba ver a la señorita Havisham?
—Si la señorita Havisham deseaba verme —replicó el señor Pumblechook, desconcertado.
—¡Ah! —dijo la muchacha—; pero ya ves que no lo hace.
Lo dijo de un modo tan definitivo, y de una forma tan indiscutible, que el señor Pumblechook, aunque se hallaba en un estado de dignidad ofendida, no pudo protestar. Pero me miró con severidad —¡como si yo le hubiera hecho algo!— y se marchó pronunciando con reproche estas palabras: «¡Muchacho! ¡Que tu comportamiento aquí haga honor a aquellos que te criaron a mano!». No estaba libre del temor de que regresara para plantear a través de la verja: «¿Y dieciséis?». Pero no lo hizo.