This account gave me great joy, as it perfected the only good thing I had done.
I asked Joe whether he had heard if any of the other relations had any legacies?
—Señorita Sarah —dijo Joe—, ella tiene veinticinco libras al año para comprar píldoras, debido a que es biliosa. Señorita Georgiana, ella tiene veinte libras a plazos. La señora —¿cómo se llaman esas bestias salvajes con jorobas, viejo amigo?
«¿Camellos?», dije yo, preguntándome para qué diablos querría saberlo.
Joe asintió. «La señora Camels», por quien al punto comprendí que se refería a Camila, «tiene cinco libras para comprar bujías de junquillo que la animen cuando se despierte por la noche».
La exactitud de estos relatos era lo bastante evidente para mí como para darme mucha confianza en la información de Joe.
—Y ahora —dijo Joe—, no estás todavía tan fuerte, viejo camarada, como para que puedas tragarte más de una palada adicional hoy. El viejo Orlick ha estado reventando una casa de vecindario.
—¿De quién? —dije.
—No te niego yo que sus modales sean dados a la bravuconería —dijo Joe, a modo de disculpa—; pero, con todo y con eso, la casa de un inglés es su castillo, y los castillos no deben ser asaltados a menos que se haga en tiempos de guerra. Y cualesquiera que fuesen sus faltas por su parte, él era un comerciante de grano y semillas de corazón.
—¿Es en la casa de Pumblechook donde han entrado a robar, entonces?