ir con ínfulas. Era un añadido agradable a sus maneras de por sí agradables, y nos llevamos maravillosamente. Por la noche salimos a dar un paseo por las calles y fuimos al teatro con entrada de mitad de precio; y al día siguiente fuimos a la abadía de Westminster, y por la tarde paseamos por los parques; y me preguntaba quién herraba a todos los caballos que había allí, y deseaba que Joe lo hiciera.
Según un cálculo moderado, hacía muchos meses, aquel domingo, desde que había dejado a Joe y a Biddy. El espacio interpuesto entre ellos y yo participaba de esa expansión, y nuestras marismas quedaban a una distancia incalculable. Que yo hubiera podido estar en nuestra vieja iglesia con mi vieja ropa de ir a misa, el último domingo que jamás existió, parecía una combinación de imposibilidades, geográficas y sociales, solares y lunares.
Sin embargo, en las calles de Londres tan atestadas de gente y tan brillantemente iluminadas en la penumbra de la tarde, había indicios de reproches desalentadores por haber alejado tanto la pobre cocina vieja de casa; y en lo más hondo de la noche, los pasos de algún portero farsante e incapaz que vagaba por Barnard’s Inn, con el pretexto de vigilarlo, resonaban con eco hueco en mi corazón.
El lunes por la mañana, a las nueve menos cuarto, Herbert fue al despacho para presentarse —y para curiosear un poco también, supongo—, y yo le hice compañía. Debía salir en una hora o dos para acompañarme a Hammersmith, y yo me quedaría por ahí esperándolo. Me pareció que los huevos de los que salían los jóvenes Aseguradores se incubaban en polvo y calor, como los huevos de los avestruces, a juzgar por los lugares a los que aquellos gigantes en ciernes acudían un lunes por la mañana. Tampoco el despacho en el que Herbert colaboraba me pareció un buen observatorio; ya que era un segundo piso interior al fondo de un patio, de aspecto mugriento en todos los sentidos, y con vistas a otro segundo piso interior en lugar de dar hacia afuera.