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nydus/Great ExpectationsPublic
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XIII

Y allí se quedó tanto tiempo diciendo «asombroso» a intervalos, tan a menudo, que empecé a pensar que el juicio no se le iba a recuperar nunca. Al fin prolongó su observación hasta decir: «¡Pip, te aseguro que esto es asom- bro- so!», y así, poco a poco, entró en conversación y pudo emprender el camino de regreso.

Tengo razones para pensar que el intelecto de Joe se había aguzado con el trance por el que acabábamos de pasar, y que de camino a casa de Pumblechook ideó un plan sutil y profundo. Mis razones se hallan en lo que ocurrió en el saloncito del señor Pumblechook: donde, al presentarnos, mi hermana estaba reunida con aquel aborrecible vendedor de semillas.

—¿Y bien? —gritó mi hermana, dirigiéndose a los dos a la vez—. ¿Y qué os ha pasado? ¡Me extraña que os dignéis a volver a una compañía tan pobre como esta, vaya que sí!

—La señorita Havisham —dijo Joe, mirándome fijamente, como haciendo un esfuerzo por recordar—, dejó muy en claro que debíamos darle... ¿eran cumplidos o respetos, Pip?

—Cumplidos —dije.

—Aunque fuera esa mi propia opinión —contestó Joe—, sus recuerdos para la señora J. Gargery...

—¡Mucho bien me van a hacer! —observó mi hermana; pero bastante complacida también.

—Y deseando —continuó Joe, dirigiéndome otra mirada fija, como otro esfuerzo de la memoria—, que el estado de salú de la señorita Havisham fuera tal que huera permitido... ¿verdad, Pip?

—De que ella tuviera el gusto —añadí.

“De la compañía de damas”, dijo Joe.

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