fácil de abrir, pues la madera húmeda se había abarquillado y henchido, los goznes cedían y el umbral estaba atestado de hongos—, cuando volví la cabeza para mirar atrás. Una asociación infantil revivió con fuerza maravillosa en el momento de ese leve gesto, y me figuré que veía a la señorita Havisham colgada de la viga. Tan fuerte fue la impresión, que me quedé bajo la viga estremeciéndome de pies a cabeza antes de darme cuenta de que era una fantasía —aunque, a decir verdad, estuve allí en un instante.
La aflicción del lugar y del tiempo, y el gran terror de aquella ilusión, aunque no fuera más que momentánea, me hicieron sentir un asombro indescriptible al salir entre las abiertas puertas de madera donde una vez me había escurrido los cabellos después de que Estella me hubiera destrozado el corazón.
Pasando al patio delantero, dudé entre llamar a la mujer para que me dejara salir por la puerta cerrada de la que ella tenía la llave, o subir primero para asegurarme de que la señorita Havisham estaba tan a salvo y bien como la había dejado. Tomé esta última opción y subí.