Eligiendo de entre las pocas y extrañas casas de Mill Pond Bank una de fachada de madera y tres pisos de mirador curvo (bow-window, que no bay-window, que es otra cosa), miré la placa de la puerta y leí en ella: Mrs. Whimple.
Siendo ése el nombre que buscaba, llamé, y una mujer anciana de aspecto agradable y próspero respondió. Fue relevada de inmediato, sin embargo, por Herbert, quien en silencio me condujo a la salita y cerró la puerta.
Era una sensación extraña ver su rostro tan familiar instalado como en su propia casa en aquella habitación y región tan poco familiares; y me descubrí mirándolo de un modo muy parecido a como miraba el armario esquinero con cristales y porcelana, las conchas sobre la chimenea y los grabados en color de la pared, que representaban la muerte del capitán Cook, la botadura de un barco y a Su Majestad el rey Jorge tercero con peluca de cochero, calzones de cuero y botas altas, en la terraza de Windsor.
—Todo va bien, Handel —dijo Herbert—, y él está muy satisfecho, aunque deseando verte. Mi querida muchacha está con su padre; y si esperas a que baje, te la presentaré, y luego subiremos. Ese es su padre.
Me había percatado de un gruñido alarmante sobre mi cabeza, y probablemente lo había reflejado en mi semblante.
—Me temo que es un viejo granuja incorregible —dijo Herbert, sonriendo—, pero nunca lo he visto. ¿No huele a ron? No se aparta de él.
—¿A ron? —dije.
—Sí —respondió Herbert—, y puedes suponer lo mucho que eso le suaviza la gota. Encima se empeña en guardar todas las provisiones arriba en su habitación y en racionarlas él mismo. Las tiene en unos estantes sobre su cabeza y quiere pesarlas todas. Su cuarto debe de parecerse a una tienda de ultramarinos.