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nydus/Great ExpectationsPublic
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Capítulo XXXIV

Mis hábitos comerciales tenían otra característica brillante, a la que llamaba «dejar un Margen».

Por ejemplo; supongase que las deudas de Herbert ascendían a ciento sesenta y cuatro libras y cuatro peniques con dos chelines, yo decía: «Deja un margen y anótalas en doscientas». O, suponiendo que las mías propias fueran cuatro veces mayores, dejaba un margen y las anotaba en setecientas.

Tenía el más alto concepto de la sabiduría de dicho Margen, pero debo reconocer que, al echar la vista atrás, lo considero un ardid costoso. Pues siempre volvíamos a endeudarnos de inmediato, hasta agotar por completo el margen y, a veces, imuidos por la sensación de libertad y solvencia que este proporcionaba, avanzábamos bastante en otro margen.

Pero había una calma, un descanso, un silencio virtuoso, consecuencia de aquellos exámenes de nuestros asuntos, que me daba, por entonces, un concepto admirable de mí mismo. Apaciguado por mis esfuerzos, mi método y los cumplidos de Herbert, me sentaba ante su atado

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