“¿Por amor a quién revelarías el secreto? ¿Por el padre? Creo que a él no le iría mucho mejor por causa de la madre. ¿Por la madre? Creo que si ella hubiera cometido semejante acto, estaría más segura allí donde estaba. ¿Por la hija? Creo que de poco le serviría establecer su filiación para información de su marido, y arrastrarla de vuelta a la desgracia, después de una fuga de veinte años, bastante segura de durar toda la vida.
Pero supón el caso de que la hubieras amado, Pip, y la hubieras hecho objeto de esos «pobres sueños» que han estado, en un momento u otro, en la cabeza de más hombres de los que crees probable, entonces te digo que habrías hecho mejor —y habrías preferido mucho antes, una vez que lo hubieras pensados bien— en amputarte esa mano izquierda vendada con tu mano derecha vendada, y luego pasarle el hacha al tal Wemmick, para que se cortara esa también”.
Miré a Wemmick, cuyo rostro era muy serio. Con gravedad, se tocó los labios con el dedo índice. Hice lo mismo. El señor Jaggers hizo lo mismo.
—Ahora, Wemmick —dijo entonces este último, retomando su actitud habitual—, ¿en qué asunto estabas cuando el señor Pip entró?
Esperando un poco mientras ellos trabajaban, observé que las extrañas miradas que se habían dirigido mutuamente se repetían varias veces: con esta diferencia ahora, que cada uno de ellos parecía sospechoso, por no decir consciente, de haberse mostrado ante el otro bajo una luz débil y poco profesional.
Por esta razón, supongo, se mostraban ahora inflexibles el uno con el otro; siendo el señor Jaggers muy dictatorial, y justificándose Wemmick obstinadamente siempre que había el más mínimo punto en disputa por un momento. Nunca los había visto en tan malos términos; pues por lo general se llevaban muy bien el uno con el otro.