A no ser por la imagen indeleble que mi recuerdo sostiene ahora ante mí, apenas podría creer, aun mientras escribo estas palabras, que vi a treinta y dos hombres y mujeres puestos ante el juez para recibir juntos esa sentencia. El primero entre los treinta y dos era él; sentado, para poder tomar el aliento suficiente y mantener en él la vida.
Toda la escena vuelve a empezar con los vivos colores del momento, hasta las gotas de lluvia de abril en los cristales del tribunal, que brillaban bajo los rayos del sol de abril. Arrinconados en el banquillo de los acusados, mientras yo volvía a estar de pie junto a él en la esquina con su mano en la mía, se encontraban los treinta y dos hombres y mujeres; unos desafiantes, otros paralizados por el terror, algunos sollozando y llorando, algunos cubriéndose el rostro, otros mirando a su alrededor con sombría expresión. Había habido gritos entre las mujeres presas; pero se habían calmado y había reinado un silencio expectante. Los alguaciles mayores con sus grandes cadenas y ramilletes,