—Eso es todo, Pip —dijo Joe—; y le robaron la caja, y le robaron el cajón, y se bebieron su vino, y se comieron sus viandas, y le dieron bofetadas, y le tiraron de las narices, y lo ataron al poste de la cama, y le dieron una docena de azotes, y le llenaron la boca de flores de temporada para impedirle que gritara. Pero él reconoció a Orlick, y Orlick está en la cárcel del condado.
Por estos medios llegamos a la conversación sin restricciones. Me costó recuperar las fuerzas, pero lenta y firmemente fui perdiendo debilidad, y Joe se quedó conmigo, y me imaginé que volvía a ser el pequeño Pip.
Porque la ternura de Joe estaba tan maravillosamente proporcionada a mi necesidad, que yo era como un niño en sus manos. Se sentaba y me hablaba con la confidencia de antaño, y con la sencillez de antaño, y de aquella vieja manera protectora y sin pretensiones, de modo que a medias llegaba a creer que toda mi vida desde los días de la vieja cocina no había sido más que uno de los devaneos mentales de la fiebre que ya se había ido.
Él lo hacía todo por mí, excepto las labores de la casa, para las cuales había contratado a una mujer muy decente, después de despedir a la lavandera en cuanto llegó.
«Lo cual te aseguro, Pip», solía decir a modo de explicación de tal atrevimiento; «la pillé tanteando el colchón de la cama de invitados, como si fuera un barril de cerveza, y sacando las plumas en un cubo para venderlas. Y al tuyo le habría hincado mano a continuación, vaciándotelo contigo acostado encima, y luego se habría estado llevando poco a poco el carbón en la sopera y en las fuentes de verduras, y el vino y los licores en tus botas Wellington».
Deseábamos que llegara el día en que yo pudiera salir a dar un paseo, como en otro tiempo habíamos deseado el día de mi aprendizaje. Y