Con estas palabras, el Impostor les apretó la mano a ambos con mucha prestancia y salió de la casa, dejándome mucho más atónito que encantado por las virtudes de ese tal «ello» indefinido.
No tardé mucho en salir yo también de la casa y, al bajar por la calle Mayor, lo vi discurriendo (sin duda en el mismo sentido) en la puerta de su tienda ante un grupo selecto, que me dedicó miradas muy desfavorables mientras yo pasaba por la acera de enfrente.
Pero resultaba tanto más grato volverse hacia Biddy y hacia Joe, cuya gran tolerancia brillaba con más fuerza que antes, si tal cosa era posible, en contraste con aquel impostor desvergonzado.
Me acerqué a ellos lentamente, pues tenía las extremidades débiles, pero con una sensación de creciente alivio a medida que me acercaba y con la impresión de ir dejando la arrogancia y la falsedad cada vez más atrás.
El tiempo de junio era delicioso. El cielo era azul, las alondras se elevaban airosas sobre el maíz tierno, y aquel campo me pareció mucho más hermoso y apacible que nunca antes lo hubiera conocido.
Muchos agradables cuadros de la vida que llevaría allí, y del cambio para bien que experimentaría mi carácter cuando tuviera a mi lado a un espíritu guía cuya fe sencilla y clara sabiduría hogareña había comprobado, amenizaron mi camino. Despertaron en mí una tierna emoción; pues mi corazón se había ablandado con mi regreso, y se había producido tal cambio que me sentía como alguien que regresa a casa descalzo de un viaje lejano y cuyas errancias hubieran durado muchos años.
La escuela de la que Biddy era maestra yo nunca la había visto; pero el pequeño y sinuoso sendero por el que entré en el pueblo, en aras de la tranquilidad, me llevó pasando por delante de ella.