«¡Pip, viejo amigo! ¡Así no vamos a ninguna parte, viejo camarada! ¡Oye! ¿A dónde crees que vas a ir a
—Es terrible, Joe; ¿verdad?
—¿Terrible? —gritó Joe—. ¡Espantoso! ¿En qué estabas pensando?
—No sé qué me dio, Joe —repliqué, soltando la manga de su camisa, sentándome entre la ceniza a sus pies y agachando la cabeza—; pero ojalá no me hubieras enseñado a llamar Jotas a las Sotas en las cartas; y ojalá mis botas no fueran tan gruesas ni mis manos tan toscas.
Y entonces le conté a Joe que me sentía muy desgraciado, y que no había podido explicarme ante la señora Joe y Pumblechook, que habían sido tan groseros conmigo, y que había habido una hermosa señorita en casa de la señorita Havisham que era terriblemente orgullosa, y que ella había dicho que yo era un vulgar, y que yo sabía que era un vulgar, y que ojalá no