—Por lo que pude averiguar, no había un alma que viera al pequeño Abel Magwitch —con lo poco que tenía encima como dentro—, que no se asustara de él, y o bien lo ahuyentara o lo detuviera. A mí me detuvieron, detuvieron, detuvieron, a tal punto que crecí estando ya regular y formalmente detenido.
—Así fue la cosa, que cuando yo era una criatura andrajosa y tan digna de lástima como jamás he visto (no porque me mirara al espejo, pues no eran muchos los interiores de casas amuebladas que conocía), me ganó la fama de ser un endurecido.
«Este es un caso terrible de endurecimiento», decían a los visitantes de la prisión, señalándome con el dedo. «Se puede decir que este muchacho vive en la cárcel».
Luego me miraban, y yo los miraba a ellos, y algunos me medían la cabeza —más les hubiera valido medirme el estómago— y otros me daban opúsculos que no sabía leer y me echaban discursos que no podía entender. Siempre arremetían contra mí hablando del Diablo. Pero ¿qué diablos iba a hacer yo? Tenía que echarle algo al estómago, ¿o no?—. En fin, me estoy viniendo abajo, y sé lo que corresponde. Querido muchacho y camarada de Pip, no temas que me venga abajo.
«Andariego, pordiosero, ladrón, trabajando a veces cuando podía —aunque eso no era tan frecuente como podréis pensar, hasta que os planteéis la cuestión de si vosotros mismos habríais estado demasiado dispuestos a darme trabajo—, un poco furtivo, un poco peón, un poco carretero, un poco segador, un poco buhonero, un poco de casi todo lo que no da dinero y trae problemas, llegué a convertirme en un hombre.
Un soldado desertor en un Refugio de Viajeros, que yacía escondido hasta la barbilla bajo un montón de patatas, me enseñó a leer; y un Gigante ambulante que firmaba con su nombre por un penique la vez me enseñó a escribir. Ya no me metían en chirona tan a menudo como antes, pero aun así gasté lo mío en metal de cerrajería».