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nydus/Great ExpectationsPublic
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XXXI

de Debate. Cuando preguntaba qué debían hacer tales bribones como él, reptando entre la tierra y el cielo, se le animaba con fuertes gritos de: «¡Muy bien, muy bien!». Cuando aparecía con la media desordenada (desorden expresada, según la costumbre, por un doblez muy pulcro en la parte superior, que supongo se prepara siempre con una plancha caliente), se entablaba una conversación en la galería acerca de la paliza de su pierna, y de si se debía al susto que le había dado el fantasma. Al tomar las flautas dulces —muy parecidas a una pequeña flauta negra que acababan de tocar en la orquesta y que le habían pasado por la puerta—, se le pidió unánimemente Rule Britannia. Cuando aconsejaba al actor que no cortara el aire de ese modo, el hombre arisco decía: «¡Y tú tampoco lo hagas, que estás mucho peor que él!». Y me entristece añadir que estallidos de risa saludaron al señor Wopsle en cada una de estas ocasiones.

Pero sus mayores pruebas se encontraban en el cementerio, que tenía el aspecto de un bosque virgen, con una especie de pequeño lavadero eclesiástico a un lado y un fielato al otro. Al divisarse la entrada del señor Wopsle por el fielato, embozado en una amplia capa negra, se amonestó al sepulturero amistosamente: «¡Cuidado! ¡Ahí viene el enterrador a ver cómo vas avanzando con el trabajo!». Creo que es bien sabido en un país constitucional que el señor Wopsle no habría podido de ningún modo devolver la calavera, tras haber filosofado sobre ella, sin limpiarse los dedos con una servilleta blanca sacada del pecho; pero ni siquiera esa inocente e indispensable acción pasó sin el comentario de: «¡Camarero!». La llegada del cadáver para su sepultura (en una caja negra vacía con la tapa medio abierta), fue la señal de una alegría general, que se vio muy acrecentada por el descubrimiento, entre los porteadores, de un

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