completo al argumentar en redondo y responder con la mirada fija—: Ella.
—Y yo no soy ninguna lumbrera —reanudó Joe, cuando hubo retirado la mirada y vuelto a tocarse la patilla—.
Y por último, Pip —y esto quiero decírtelo muy en serio, viejo compañero—, veo tanto en mi pobre madre, en una mujer friega y trabaja sin descanso y rompiéndose su honrado corazón y sin conseguir jamás paz en sus días mortales, que me da pánico equivocarme en el sentido de no portarme como es debido con una mujer, y preferiría con mucho de las dos cosas equivocarme para el otro lado, y pasar yo mismo por un poco de incomodidad.
Ojalá fuera solo a mí a quien molestaran, Pip; ojalá no hubiera ningún Castigador para ti, viejo compañero; ojalá pudiera cargar yo con todo; pero esta es la pura y llana verdad, Pip, y espero que pases por alto las faltas.
Joven como era, creo que desde aquella noche cobró fecha una nueva admiración hacia Joe. Fuimos iguales después, como lo habíamos sido antes; pero, más tarde, en los momentos tranquilos en que me sentaba a mirar a Joe y a pensar en él, experimenté la nueva sensación de ser consciente de que, en mi corazón, yo admiraba a Joe.
—Sin embargo —dijo Joe, levantándose para avivar el fuego—, ¡aquí tienes al reloj holandés esforzándose por dar las ocho, y ella todavía no ha vuelto! Espero que la yegua del tío Pumblechook no haya pisado con una pezuña delantera un trozo de hielo y se haya venido abajo.
La señora Joe hacía viajes ocasionales con el tío Pumblechook los días de mercado, para ayudarle a comprar aquellos enseres y mercancías domésticas que requerían el juicio de una mujer; ya que el tío Pumblechook era soltero y no confiaba en absoluto en su empleada doméstica.