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nydus/Great ExpectationsPublic
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Capítulo XV

jamás. Se hospedaba en casa de un cuidador de compuertas en las marismas, y los días de trabajo venía arrastrándose desde su ermita, con las manos en los bolsillos y el almuerzo atado sin apretar en un hato alrededor del cuello que le colgaba a la espalda. Los domingos solía pasarse el día entero tumbado en las compuertas de las esclusas, o arrimado a los pajares y graneros. Siempre iba encorvado al andar, con los ojos clavados en el suelo; y, cuando se le abordaba o se le exigía por cualquier motivo que los levantara, miraba hacia arriba con aire medio resentido y medio perplejo, como si su único pensamiento fuera que resultaba un hecho bastante extraño y perjudicial el que él nunca estuviera pensando.

Este oficial hosco no me tenía ningún aprecio.

Cuando yo era muy pequeño y tímido, me dio a entender que el Diablo vivía en un rincón oscuro de la fragua, y que él conocía muy bien al demonio; también que era necesario avivar el fuego, una vez cada siete años, con un muchacho vivo, y que podía considerarme a mí mismo como combustible.

Cuando me convertí en el aprendiz de Joe, es posible que Orlick viera confirmadas sus sospechas de que yo iba a desplazarlo; sea como fuere, me tragaba aún menos. No es que dijera ni hiciera nada que denotara hostilidad abiertamente; solo notaba que siempre arrojaba las chispas en mi dirección y que, cada vez que cantaba el viejo Clem, él entraba a destiempo.

Dolge Orlick estaba trabajando y presente, al día siguiente, cuando le recordé a Joe mi medio día libre. No dijo nada en ese momento, pues él y Joe acababan de coger un trozo de hierro al rojo vivo entre los dos, y yo estaba con el fuelle; pero al poco rato dijo, apoyándose en su martillo⁠—

—¡Ahora, amo! Seguro que no va a favorecer solo a uno de nosotros. Si al joven Pip le dan medio día libre, haga lo mismo por el viejo Orlick.

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