Hubo un momento, aquella noche, en que habló con serenidad de lo que había sucedido, aunque con cierta terrible vivacidad.
Hacia la medianoche comenzó a desvariar en su discurso; y a partir de entonces se fue apoderando de ella la costumbre de repetir innumerables veces, con voz baja y solemne:
«¡Qué he hecho!»
Y luego:
«Cuando ella llegó por primera vez, tuve la intención de salvarla de una miseria como la mía».
Y después:
«Toma el lápiz y escribe bajo mi nombre: “¡La perdono!”».
Jamás alteraba el orden de estas tres frases, pero a veces omitía alguna palabra en una u otra; sin introducir jamás otra palabra distinta, sino dejando siempre un espacio en blanco y pasando a la palabra siguiente.
Como allí no podía ser de ninguna utilidad, y como tenía, más cerca de casa, aquel motivo apremiante de angustia y temor que ni siquiera sus devaneos lograban apartar de mi mente, decidí en el transcurso de la noche regresar en el coche de la madrugada, adelantándome a pie una milla más o menos para subirme a él fuera ya de los límites del pueblo. Hacia las seis de la mañana, por lo tanto, me incliné sobre ella y rocé sus labios con los míos, justo cuando decían, sin detenerse por haber sido