iban dentro, cuando observé que el cochero empezaba a bajar, como si fuéramos a detenernos de inmediato. Y de inmediato nos detuvimos, en una calle sombría, frente a unas oficinas de puerta abierta en las que estaba pintado: Mr. Jaggers.
—¿Cuánto es? —le pregunté al cochero.
El cochero respondió: «Un chelin, a no ser que quiera dar algo más».
Naturalmente dije que no tenía deseos de aumentarlo.
—Entonces debe ser un chelín —observó el cochero.
—¡No quiero meterme en líos. Le conozco!
Cerró ominosamente un ojo ante el nombre de Mr. Jaggers y sacudió la cabeza.
Cuando hubo conseguido su chelín, y con el tiempo hubo completado el ascenso a su palco, y se hubo marchado (lo que pareció tranquilizarlo), entré en la oficina principal con mi pequeño