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nydus/Great ExpectationsPublic
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XXX

—¡Vaya! —dijo Herbert, levantándose con una sacudida vivaz como si hubiera estado durmiente, y removiendo el fuego—, ¡ahora intentaré volver a ser agradable!

Así que dio la vuelta a la habitación y sacudió las cortinas, puso las sillas en su sitio, ordenó los libros y demás cosas que andaban por ahí, miró al recibidor, echó un vistazo al buzón, cerró la puerta y volvió a su sillón junto al fuego, donde se sentó, abrazándose la pierna izquierda con ambos brazos.

—Iba a decir una palabra o dos, Handel, acerca de mi padre y del hijo de mi padre. Me temo que apenas sea necesario que el hijo de mi padre señale que la casa de mi padre no destaca precisamente por el brillo de su administración doméstica.

—Siempre hay de sobra, Herbert —dije, para decir algo alentador.

—¡Pues sí! Y eso dice el basurero, según creo, con la más absoluta aprobación, y lo mismo dice el chamarilero de la callejón. Hablando en serio, Handel, puesto que el asunto es bastante serio ya sabes cómo son las cosas tan bien como yo.

Supongo que hubo un tiempo en que mi padre no se había dado por vencido; pero si alguna vez lo hubo, ese tiempo ya pasó. ¿Puedo preguntarte si alguna vez has tenido la oportunidad de notar, allá en tu región, que los hijos de matrimonios no del todo bien avenidos siempre están de lo más ansiosos por casarse?

Fue una pregunta tan singular, que le pregunté a mi vez: «¿Es así?».

—No lo sé —dijo Herbert—, eso es lo que quiero saber. Porque en nuestro caso es indudablemente así. Mi pobre hermana Charlotte, que iba detrás de mí y murió antes de cumplir los catorce años, fue un ejemplo sorprendente. La pequeña Jane es igual. Por su deseo de

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