estaba plenamente dispuesta a devolvérselos. Además, no había habido altercado; el agresor había entrado de forma tan silenciosa y repentina, que ella había sido derribada antes de poder volverse.
Era horrible pensar que yo había proporcionado el arma, por muy sin quererlo que fuese, pero difícilmente podía pensar otra cosa. Sufrí un tormento indescriptible mientras ponderaba y reponderaba si debía por fin romper aquel sortilegio de mi infancia y contarle toda la historia a Joe. Durante los meses siguientes, resolvía el asunto de forma definitiva en sentido negativo todos los días, para volver a abrirlo y rebatirlo a la mañana siguiente. El dilema se reducía, después de todo, a esto: el secreto era ya tan antiguo, se había arraigado tanto en mí y se había vuelto una parte de mí mismo, que no podía arrancarlo. Además del temor de que, habiendo conducido a tanto mal, fuera ahora más probable que nunca enajenarme el afecto de Joe si llegaba a creerlo, me frenaba el temor adicional de que no lo creyera, sino que lo clasificara junto a los perros fabulosos y las chuletas de ternera como un invento monstruoso. Con todo, transigí conmigo mismo, por supuesto —pues, ¿no vacilaba yo entre el bien y el mal, cuando eso es lo que siempre se hace?—, y resolví hacer una confidencia total si se me presentaba cualquier nueva ocasión, como una nueva oportunidad de ayudar al descubrimiento del agresor.
Los alguaciles y los hombres de Bow Street procedentes de Londres—pues esto ocurrió en los tiempos de la ya extinta policía de chalecos rojos—anduvieron por la casa durante una semana o dos, y se comportaron más o menos como he oído y leído que se comportan semejantes autoridades en casos parecidos. Detuvieron a varias personas claramente inocentes, se dieron de bruces contra ideas equivocadas y se empeñaron en encajar las circunstancias en esas ideas, en vez de intentar extraer ideas de las circunstancias. Asimismo, merodeaban por la puerta del Jolly Bargemen con aires entendidos y reservados que llenaban a todo el vecindario de admiración; y tenían una manera misteriosa de tomarse las copas que era casi tan buena como atrapar al culpable. Pero no del todo, porque nunca lo atraparon.