Solo un par de veces más volvió a aparecer el ama de llaves, y entonces su estancia en la habitación fue muy breve, y el señor Jaggers se mostró áspero con ella. Pero sus manos eran las manos de Estella, y sus ojos eran los ojos de Estella, y si hubiera reaparecido cien veces, ni más ni menos seguro habría estado de que mi convicción era la verdad.
Era una tarde sosa, pues Wemmick servía su vino, cuando le tocaba el turno, como un mero asunto de negocios —exactamente igual que si hubiera cobrado su sueldo cuando le tocaba el turno— y, con los ojos puestos en su jefe, permanecía en un estado de perpetua disposición para el interrogatorio.
En cuanto a la cantidad de vino, su oficina de correos era tan indiferente y receptiva como cualquier otra oficina de correos ante su cantidad de cartas. Desde mi punto de vista, él era el gemelo equivocado todo el tiempo, y solo exteriormente se parecía al Wemmick de Walworth.
Nos despedimos temprano y nos fuimos juntos. Aun cuando andábamos a tientas entre el surtido de botas del señor Jaggers en busca de nuestros sombreros, sentí que el gemelo correcto iba de camino de regreso; y no habíamos recorrido ni media docena de yardas por Gerrard Street en dirección a Walworth, cuando descubrí que iba caminando del brazo del gemelo correcto, y que el gemelo equivocado se había evaporado en el aire vespertino.
—¡Bueno! —dijo Wemmick—, ¡ya pasó! Es un hombre extraordinario, que no tiene igual en vida; pero siento que tengo que retorcerme para dar la talla cuando ceno con él... y ceno más a gusto destorcido.
Sentí que era una buena exposición del caso y así se lo hice saber.
—No se lo diría a nadie más que a ti —contestó—. Sé que lo que se habla entre tú y yo no va más allá.