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nydus/Great ExpectationsPublic
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XLIX

—¡Qué he hecho!

No supe cómo responderle, ni cómo consolarla.

Que había cometido una falta grave al tomar a una niña influenciable para moldearla a imagen y semejanza de lo que su salvaje resentimiento, su afecto desdeñado y su orgullo herido exigían como venganza, lo sabía muy bien.

Pero que, al cerrar el paso a la luz del día, había excluido infinitamente más; que, en su encierro, se había aislado de mil influencias naturales y sanadoras; que su mente, entregada a la rumiación solitaria, había enfermado —como todas las mentes enferman, deben enfermar y enfermarán cuando invierten el orden establecido por su Creador—, lo sabía igualmente bien.

¿Y podía acaso mirarla sin compasión, viendo su castigo en la ruina en que se había convertido, en su profunda ineptitud para esta tierra en la que había sido puesta, en la vanidad del dolor que se había vuelto una manía dominante, como la vanidad del arrepentimiento, la vanidad del remordimiento, la vanidad de la indignidad y otras monstruosas vanidades que han sido las maldiciones de este mundo?

—Hasta que le hablaste el otro día, y hasta que vi en ti un espejo que me mostró lo que yo misma sentí una vez, no sabía lo que había hecho. ¡Qué he hecho! ¡Qué he hecho!

Y así otra vez, veinte, cincuenta veces, ¡qué había hecho!

—Señorita Havisham —le dije, cuando su grito se hubo apagado—, puede usted borrarme de su mente y de su conciencia. Pero el caso de Estella es distinto, y si alguna vez puede deshacer aunque sea una pizca de lo que ha hecho mal al apartar de ella una parte de su verdadera naturaleza, será mejor hacer eso que lamentarse por el pasado durante cien años.

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