No debo dejar que se suponga que fuimos jamás una gran Casa, ni que hacíamos fortunas. No estábamos en un gran ramo de negocios, pero teníamos buena reputación, trabajábamos por nuestras ganancias y nos iba muy bien. Debíamos tanto a la siempre alegre diligencia y presteza de Herbert, que a menudo me preguntaba cómo había concebido aquella vieja idea de su ineptitud, hasta que un día me iluminó la reflexión de que tal vez la ineptitud nunca había estado en él en absoluto, sino en mí.
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