—Ya sabes que no me quedaba más remedio —dijo Camilla—; no me quedaba más remedio que mantenerme firme. Le dije: «Así no puede ser, por el buen nombre de la familia». Le aseguré que, sin unos adornos profundos, la familia quedaba desacreditada. Lloré por este motivo desde el desayuno hasta la cena. Me perjudiqué la digestión. Y al final él salió hecho una furia, a su manera violenta, y soltó un exabrupto diciendo: «Pues haz lo que te dé la gana». Gracias a Dios, siempre me consolará saber que al instante salí a la calle bajo un aguacero torrencial y compré las cosas.
—Los pagó, ¿no es así? —preguntó Estella.
—No es la cuestión, querida niña, quién los pagó —replicó Camilla—. Los compré yo. Y a menudo pensaré en eso con paz, cuando me despierte en mitad de la noche.
El tañido de una campana distante, combinado con el eco de algún grito o llamada a lo largo del pasillo por el que había venido, interrumpió la conversación e hizo que Estella me dijera: «¡Ahora, muchacho!».
Al dar la vuelta, todos me miraron con el mayor desprecio y, mientras salía, oí decir a Sarah Pocket: «¡Válgame Dios! ¡Lo que faltaba!», y a Camilla añadir, con indignación: «¡Se habrá visto capricho semejante! ¡La i-d-e-a!».
Mientras íbamos con nuestra vela por el oscuro pasillo, Estella se detuvo de repente y, dándose la vuelta, dijo con su tono burlón, con el rostro muy cerca del mío:
¿Y bien?
—¿Y bien, señorita? —respondí, a punto de tropezar con ella y deteniéndome a tiempo.
Ella se quedó mirándome y, por supuesto, yo me quedé mirándola.