caballero, espero! ¡Mire su ropa blanca; fina y hermosa! ¡Mire su traje; no se puede conseguir nada mejor! ¡Y sus libros también —volviendo los ojos por la habitación—, amontonándose en sus estantes por cientos! Y los lee, ¿verdad? Vi que los estaba leyendo cuando entré. ¡Ja, ja, ja! ¡Me los leerá a mí, querido muchacho! Y si están en lenguas extranjeras que yo no entienda, estaré tan orgulloso como si las entendiera.
Nuevamente tomó ambas manos mías y las llevó a sus labios, mientras la sangre se me helaba en las venas.
—No te importe hablar, Pip —dijo, después de volverse a pasar la manga por los ojos y la frente, al tiempo que se le oía en la garganta ese chasquido que recordaba muy bien; y me resultaba tanto más horrible cuanto hablaba con tanta sinceridad—; no puedes hacer nada mejor que guardar silencio, querido muchacho. Tú no has esperado esto con tanta calma como yo; tú no estabas preparado para esto como lo estaba yo. Pero ¿no pensaste nunca que podría ser yo?
—O no, no, no —repliqué—. ¡Nunca, nunca!
—Bueno, ya ve usted que fui yo, y enteramente solo. Ni un alma en ello más que mi propia persona y el señor Jaggers.
—¿No había nadie más? —pregunté.
—No —dijo él, con una mirada de sorpresa—, ¿quién más va a haber? Y, querido muchacho, ¡qué bien parecidote te has vuelto! Hay unos ojos brillantes por ahí, ¿eh? ¿No hay unos ojos brillantes por ahí cuyos pensamientos amas?
¡Oh Estella, Estella!
—Tuyas serán, querido muchacho, si el dinero puede comprarlas. No es que un caballero como tú, tan bien plantado, no pueda ganárselas por mérito propio; ¡pero el dinero te respaldará! Déjame terminar lo que te