proteja, y pone a dos carceleros entre nosotros? Y cuando nos sentencian, ¿no es a él a quien le dan siete años, y a mí catorce, y no es por él por quien el juez siente lástima, porque podría haber llegado muy lejos, y no soy yo a quien el juez considera un viejo delincuente de violencias apasionadas, propenso a acabar peor?»
Se había puesto en un estado de gran excitación, pero la reprimió, dio dos o tres respiraciones cortas, tragó saliva las mismas veces y, extendiendo su mano hacia mí, dijo de manera tranquilizadora: —¡No voy a portarme como un vulgar, querido muchacho!
Se había caldeado tanto que sacó el pañuelo y se secó la cara, la cabeza, el cuello y las manos, antes de poder continuar.
“Le había dicho a Compeyson que le destrozaría esa jeta, ¡y juré, por Dios que me la destrozaran a mí!, que lo haría. Estábamos en el mismo pontón, pero no pude echarle mano en mucho tiempo, aunque lo intenté. Al fin me acerqué por la espalda y le pegué en la mejilla para hacerlo girar y darle un buen golpe en toda la cara, cuando me vieron y me agarraron.
El calabozo de aquel barco no era muy seguro para un experto en calabozos que supiera nadar y bucear.
¡Me escapé a la orilla y andaba escondido entre las tumbas de por allí, envidiando a los que estaban dentro y ya habían acabado con todo, cuando vi por primera vez a mi muchacho!”.
Me miró con una expresión de afecto que hizo que casi me volviera aborrecible otra vez, a pesar de que había sentido gran compasión por él.
—Por mi muchacho, vine a entender que Compeyson andaba también por aquellos pantanos. ¡Por mi alma que medio creo que escapó aterrorizado para librarse de mí, sin saber que era yo el que había llegado a la orilla! Le di caza. Le destrocé la cara.