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nydus/Great ExpectationsPublic
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XXVII

—Biddy —continuó Joe—, cuando llegué a casa y le pedí que te escribiera el recado, ella titubeó un poco. Biddy dice: «Sé que se pondrá muy contento de recibirlo de viva voz, son vacaciones, tienes ganas de verlo, ¡ve!». Ahora he concluido, señor —dijo Joe, levantándose de su silla—, y, Pip, te deseo que te vaya siempre bien y que prosperes cada vez más y más alto.

—Pero ¿no te vas ahora, Joe?

—Sí, lo soy —dijo Joe.

—¿Pero vas a volver a cenar, Joe?

—No, no lo soy —dijo Joe.

Nuestros ojos se encontraron, y todo el «Señor» se derritió de aquel noble corazón mientras me daba la mano.

—Pip, querido viejo amigo, la vida está hecha de tantísimas despedidas soldadas unas con otras, por decirlo así, y uno es herrero, y otro cerrajero, y otro orfebre, y otro calderero. Las divisiones entre tales cosas tienen que llegar, y hay que afrontarlas conforme llegan. Si ha habido alguna culpa hoy, es mía. Tú y yo no somos dos figuras para estar juntos en Londres; ni tampoco en ninguna otra parte que no sea en privado, y conocido, y entendido entre amigos. No es que esté orgulloso, sino que quiero obrar bien, de modo que no volverás a verme jamás con estas ropa. Estoy mal con estas ropas. Estoy mal fuera de la fragua, de la cocina o de los pantanos. No me hallarás ni la mitad de tachas si piensas en mí con mi ropa de fragua, con el martillo en la mano, o incluso con mi pipa. No me hallarás ni la mitad de tachas si, suponiendo que alguna vez desearas verme, vienes y asomas la cabeza por la ventana de la fragua y ves a Joe el herrero, allí, en el viejo yunque, con el viejo delantal quemado, aferrado al viejo trabajo.

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