claridad que, a menos que hubiera decidido que a mí me quedaban pocos momentos antes de perecer con certeza para todo conocimiento humano, jamás me habría contado lo que me había contado.
De pronto se detuvo, quitó el corcho a su botella y lo arrojó lejos. Por ligero que fuera, lo oí caer como una plomada. Tragó despacio, inclinando la botella poco a poco, y ya no volvió a mirarme.
Las últimas gotas de licor las vertió en la palma de su mano y las lambió. Luego, con una prisa repentina y violenta y maldiciendo horriblemente, tiró la botella y se agachó; y vi en su mano un martillo de piedra con un mango largo y pesado.
El propósito que había tomado no me abandonó, pues, sin dirigirle ni una sola palabra inútil de súplica, grité con todas mis fuerzas y luché con todas mis fuerzas.
Solo podía mover la cabeza y las piernas, pero en esa medida luché con toda la fuerza, hasta entonces desconocida, que llevaba dentro.
En el mismo instante oí gritos en respuesta, vi figuras y un destello de luz que irrumpían por la puerta, oí voces y tumulto, y vi a Orlick salir de un forcejeo de hombres, como de agua turbulenta, saltar por encima de la mesa de un brinco y huir hacia la noche.
Tras un lapso en blanco, descubrí que yacía sin ataduras, en el suelo, en el mismo lugar, con la cabeza sobre la rodilla de alguien. Mis ojos estaban fijos en la escalera contra la pared, cuando volví en mí —se habían abierto en ella antes de que mi mente la viera— y así, al recuperar la conciencia, supe que me encontraba en el lugar donde la había perdido.
Demasiado indiferente al principio, incluso para mirar alrededor y averiguar quién me sostenía, estaba yacente mirando la escalera, cuando apareció entre esta y yo un rostro. ¡El rostro del muchacho de Trabb!