Es una cosa de lo más miserable sentir vergüenza del hogar. Puede haber una ingratitud negra en ello, y el castigo puede ser retributivo y bien merecido; pero que es una cosa miserable, puedo dar fe.
El hogar nunca había sido un sitio muy agradable para mí, debido al carácter de mi hermana. Pero Joe lo había santificado, y yo había creído en él.
Había creído en el mejor salón como en una elegantesísima estancia; había creído en la puerta principal como en un portal misterioso del Templo del Estado cuya solemne apertura iba acompañada del sacrificio de aves asadas; había creído en la cocina como en una dependencia casta aunque no magnífica; había creído en la forja como en el camino resplandeciente hacia la hombría y la independencia.
En el espacio de un solo año todo esto cambió. Ahora todo era vulgar y corriente, y por nada del mundo habría querido que la señorita Havisham y Estella lo vieran.
Cuánto de mi poco agraciado estado de ánimo pudo haber sido culpa mía, cuánto de Misis Havisham y cuánto de mi hermana, ya no tiene importancia para mí ni para nadie.
El cambio se había operado en mí; el hecho estaba consumado. Bien o mal hecho, con o sin disculpa, estaba hecho.
Una vez me había parecido que, cuando por fin me remangara la camisa y entrara en la fragua como aprendiz de Joe, me sentiría distinguido y feliz. Ahora que tenía la realidad en mis manos, solo sentía que estaba cubierto del polvo del carbón menudo, y que llevaba sobre mi memoria cotidiana