Esto afligió mucho a la señora Pocket, quien rompió a llorar al recibir la nota y dijo que era extraordinario que los vecinos no pudieran ocuparse de sus propios asuntos.
Por grados llegué a saber, y principalmente por Herbert, que el señor Pocket se había educado en Harrow y en Cambridge, donde se había distinguido; pero que, al haber tenido la dicha de casarse con la señora Pocket muy joven, había perjudicado sus perspectivas y adoptado el oficio de afilador. Tras afilar a buen número de hojas torpes —de las que era digno de mención que sus padres, cuando tenían influencias, siempre iban a ayudarle a conseguir un ascenso, pero siempre se olvidaban de hacerlo cuando las hojas habían dejado la piedra de amolar—, se había cansado de esa pobre labor y se había venido a Londres. Aquí, tras fracasar gradualmente en esperanzas más elevadas, había dado «clases» con diversos jóvenes que habían carecido de oportunidades o las habían desaprovechado, y había puesto a punto a otros tantos para ocasiones especiales, y había aprovechado sus conocimientos para la compilación y corrección literarias, y con tales medios, sumados a unos recursos privados muy modestos, aún mantenía la casa que yo veía.
El señor y la señora Pocket tenían una vecina aduladora; una señora viuda de esa naturaleza sumamente empática que estaba de acuerdo con todo el mundo, bendecía a todo el mundo y repartía sonrisas y lágrimas a todo el mundo, según las circunstancias.
Esta señora se llamaba señora Coiler, y tuve el honor de llevarla al comedor el día de mi instalación.
Me dio a entender en las escaleras que era un golpe para la querida señora Pocket que el querido señor Pocket se viera en la necesidad de recibir caballeros para darles clases. Eso no se extendía a mí, me dijo en un derroche de afecto y confianza (en ese momento, hacía algo menos de cinco minutos que la conocía); si todos fueran como Yo, la cosa cambiaría por completo.