House, como de costumbre. No como de costumbre, repliqué, pues jamás había ido allí sin mí; ¿cuándo iba a regresar? Había un aire de reserva en la respuesta que aumentó mi perplejidad, y la respuesta fue que su doncella creía que solo volvería por un breve período. No pude sacar nada en claro de esto, salvo que se pretendía que no sacara nada en claro, y regresé a casa completamente desconcertado.
Otra consulta nocturna con Herbert, una vez que Provis se hubo marchado a casa (yo siempre lo acompañaba y siempre miraba bien a mi alrededor), nos condujo a la conclusión de que no debíamos decir nada acerca de marchar al extranjero hasta que yo volviera de casa de la señorita Havisham.
Entre tanto, Herbert y yo debíamos considerar por separado qué sería lo mejor que podíamos decir: si debíamos inventar algún pretexto sobre el temor de que él estuviera bajo vigilancia sospechosa, o si yo, que nunca había estado en el extranjero antes, debía proponer una expedición.
Ambos sabíamos que bastaba con que yo propusiera cualquier cosa para que él diera su consentimiento. Coincidimos en que ni hablar de que él permaneciera muchos días en el peligro en que se encontraba.
Al día siguiente tuve la bajeza de fingir que tenía el compromiso ineludible de ir a ver a Joe; pero era capaz de casi cualquier bajeza hacia Joe o hacia su nombre. Provis debía extremar las precauciones mientras yo estuviera ausente, y Herbert se encargaría de él tal como yo lo había hecho. Estaría ausente una sola noche y, a mi regreso, empezaríamos a satisfacer su impaciencia de que yo me marchara siendo un caballero a mayor escala. Se me ocurrió entonces, y como más tarde comprobé que también a Herbert, que la mejor manera de sacarlo de allí cruzando el agua sería con ese pretexto: como si fuera a hacer compras o algo parecido.