Era uno de esos días de marzo en que el sol brilla cálido y el viento sopla frío: cuando es verano a la luz e invierno en la sombra.
Llevábamos nuestros abrigos de marino y yo llevaba una bolsa. De todas mis posesiones terrenales no me llevé más que los escasos artículos de primera necesidad que cabían en la bolsa.
Adónde iría, qué haría o cuándo regresaría eran preguntas que ignoraba por completo; ni tampoco me atormentaba la mente con ellas, pues estaba concentrada por entero en la seguridad de Provis.
Solo me pregunté por un instante, al detenerte en la puerta y mirar atrás, bajo qué circunstancias tan distintas volvería a ver aquellas habitaciones, si es que volvía a verlas.
Nos entretuvimos bajando hasta las escaleras del Temple, y nos quedamos allí remoloneando, como si no estuviéramos del todo decididos a salir al agua. Por supuesto, yo me había ocupado de que la barca estuviera lista y todo en orden. Tras una pequeña muestra de indecisión, que nadie presenciaba salvo las dos o tres criaturas anfibias propias de nuestras escaleras del Temple, embarcamos y desatamos amarras; Herbert en la proa, yo al timón. Eran entonces aproximadamente las ocho y media, hora de pleamar.
Nuestro plan era este. Como la marea empezaba a bajar a las nueve y nos favorecía hasta las tres, nuestra intención era seguir avanzando furtivamente después de que hubiera cambiado, y remar contra corriente hasta que oscureciera. Estaríamos entonces bien adentrados en aquellos largos tramos más abajo de Gravesend, entre Kent y Essex, donde el río es ancho y solitario, donde