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nydus/Great ExpectationsPublic
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XII

arrancando moralmente una muela con cada mención; mientras que el propio Pumblechook, autoproclamado mi bienhechor, se sentaba a vigilarme con ojos desaprobatorios, como el arquitecto de mi fortuna que se creyera metido en un trabajo muy poco lucrativo.

En estas discusiones, Joe no tomaba parte. Pero a menudo le dirigían indirectas mientras se desarrollaban, debido a que la señora Joe percibía que él no veía con buenos ojos que me sacaran de la herrería.

Yo ya tenía la edad perfecta para ser aprendiz de Joe; y cuando Joe se sentaba con el hurgón sobre las rodillas rastrillando pensativamente las cenizas entre los barrotes inferiores, mi hermana interpretaba tan claramente esa inocente acción como una oposición de su parte, que se le abalanzaba, le quitaba el hurgón de las manos, lo sacudía y lo guardaba.

Había un final de lo más irritante para cada uno de estos debates. De repente, sin nada que lo precediera, mi hermana se interrumpía en pleno bostezo y, al reparar en mí como por casualidad, se abalanzaba sobre mí con un: «¡Anda! ¡Ya es suficiente de ti! ¡Lárgate a la cama!, ¡suficientes problemas has dado por una noche, espero!».

Como si les hubiera suplicado como un favor que me amargaran la vida.

Continuamos de este modo durante mucho tiempo, y parecía probable que fuéramos a seguir de este modo durante mucho tiempo, cuando un día la señorita Havisham se detuvo en seco mientras ella y yo íbamos caminando, apoyada ella en mi hombro; y dijo con cierto disgusto⁠—

—¡Estás creciendo mucho, Pip!

Creí oportuno insinuar, mediante una mirada meditativa, que esto podía deberse a circunstancias sobre las cuales no tenía control.

No dijo más por entonces; pero al rato se detuvo y me volvió a mirar; y al rato otra vez; y después de eso, se quedó mirando con el ceño fruncido y humor melancólico.

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