Me quedé bastante desconcertado, pensando que debía de estar fuera de la moda londinense, pero dije que sí.
—¡Me he desentendido tanto de eso! —dijo el señor Wemmick—, excepto al final. Muy complacido, estoy seguro, de hacer su conocimiento. ¡Buenos días!
Cuando nos hubimos dado la mano y él se hubo marchado, abrí la ventana de la escalera y estuve a punto de degollarme, pues las cuerdas se habían podrido y la hoja cayó como la guillotina.
Por fortuna fue tan rápido que no había sacado la cabeza. Tras esta salvación, me conformé con contemplar la Fonda de manera brumosa a través de la suciedad incrustada en los cristales, y me quedé allí de pie mirando con tristeza hacia fuera, diciéndome a mí mismo que Londres estaba decididamente sobrevalorado.
El concepto de «en breve» que tenía el joven señor Pocket no coincidía con el mío, pues ya casi me había vuelto loco mirando hacia afuera durante media hora y había escrito mi nombre con el dedo varias veces en la suciedad de cada cristal de la ventana, antes de oír pasos en la escalera.
Gradualmente surgieron ante mí el sombrero, la cabeza, la corbata, el chaleco, los pantalones, las botas de un miembro de la sociedad de más o menos mi misma edad. Llevaba una bolsa de papel bajo cada brazo y una cestita de fresas en una mano, y estaba sin aliento.
—¿Señor Pip? —dijo él.
—¿El señor Pocket? —dije.
—¡Vaya por Dios! —exclamó—. Siento muchísimo; pero sabía que había un carruaje de su región al mediodía y pensé que vendría en ese. El caso es que he estado fuera por causa de usted —no es que eso sirva de excusa—, pues pensé que, viniendo del campo, le apetecería un poco de fruta