Fue una prueba para mis sentimientos, al otro día del siguiente, ver a Joe acicalándose con sus ropas domingueras para acompañarme a casa de la señorita Havisham.
Sin embargo, como él consideraba su traje de corte necesario para la ocasión, no me correspondía a mí decirle que se veía mucho mejor con su ropa de trabajo; tanto más cuanto que sabía que se ponía tan terriblemente incómodo enteramente por mi causa, y que era por mí que se subía tanto el cuello de la camisa por detrás, que hacía que los pelos de la coronilla se le pusieran de punta como un penacho de plumas.
A la hora del desayuno, mi hermana declaró su intención de ir a la ciudad con nosotros, y de que la dejaran en casa del tío Pumblechook y pasaran a recogerla «cuando hubiéramos terminado con nuestras grandes señoras», una forma de plantear las cosas de la que Joe parecía propenso a augurar lo peor.
La fragua quedó cerrada por el día, y Joe escribió con tiza en la puerta (como era su costumbre en las muy raras ocasiones en las que no estaba trabajando) el monosílabo ffuera , acompañado del dibujo de una flecha que se suponía volaba en la dirección que él había tomado.
Caminamos hacia el pueblo, con mi hermana abriendo paso con un bonete de castor muy grande y llevando una cesta parecida al Gran Sello de Inglaterra de paja trenzada, un par de zuecos de madera, un chal de repuesto y un paraguas, a pesar de ser un día hermoso y luminoso. No tengo muy claro si tales artículos se llevaban de manera penitente u ostentosa; pero más bien creo que se exhibían como objetos de propiedad —más o menos como Cleopatra o cualquier otra soberana desbocada podría exhibir su riqueza en un desfile o procesión.