Estaba mirando a los dos, cuando se interpuso entre ellos y yo el ama de llaves, con el primer plato para la mesa.
Era una mujer de unos cuarenta años, supuse, aunque tal vez la creyera más joven de lo que era. Bastante alta, de figura esbelta y ágil, extremadamente pálida, con grandes ojos desvaídos y una mata de cabello suelto. No puedo decir si alguna afección cardíaca patológica hacía que tuviera los labios entreabiertos como si estuviera jadeando, y su rostro presentara una extraña expresión de sorpresa y agitación; pero sé que había ido a ver Macbeth al teatro una noche o dos antes, y que su rostro me pareció como si estuviera totalmente alterado por un aire ardiente, semejante a los rostros que había visto surgir del caldero de las brujas.
Puso el plato en la mesa, tocó discretamente el brazo de mi tutor con un dedo para avisarle de que la cena estaba lista, y se desvaneció. Nos sentamos a la mesa redonda, y mi tutor mantuvo a Drummle a un lado de él, mientras Startop se sentaba en el otro. Era un magnífico plato de pescado el que el ama de llaves había colocado sobre la mesa, y después tuvimos una pieza de cordero igualmente selecta, y luego un ave no menos selecta. Las salsas, los vinos, todos los accesorios que necesitábamos, y todos de la mejor calidad, nos los servía nuestro anfitrión desde su mesero mudable; y cuando habían dado la vuelta a la mesa, él los volvía a guardar. Del mismo modo, nos repartía platos, cuchillos y tenedores limpios para cada plato, y echaba los que acabábamos de usar en dos cestas dispuestas en el suelo, junto a su silla. Ningún otro sirviente además del ama de llaves hizo acto de presencia. Ella servía cada plato; y yo siempre veía en su rostro un rostro emergiendo de la caldera.