Si aquella venerable y austera casa cerca del Green de Richmond llegara a estar encantada una vez que yo haya muerto, lo estará, sin duda, por mi fantasma.
¡Oh, las muchas, muchas noches y días durante los cuales el espíritu inquieto que llevaba dentro encantó aquella casa cuando Estella vivía allí! Estuviera mi cuerpo donde estuviera, mi espíritu vagaba, vagaba, vagaba siempre por aquella casa.
La señora con quien fue colocada Estella, de apellido Brandley, era una viuda con una hija varios años mayor que Estella.
La madre parecía joven y la hija parecía vieja; la tez de la madre era rosada y la de la hija era amarillenta; la madre presumía de frívola y la hija de teóloga.
Ocupaban lo que se llama una buena posición, y recibían las visitas de mucha gente, a la vez que visitaban a muchas otras. Había poca o ninguna comunidad de sentimientos entre ellas y Estella, pero se había establecido el acuerdo tácito de que ellas le eran necesarias a ella, y de que ella les era necesaria a ellas.
La señora Brandley había sido amiga de la señorita Havisham antes de los tiempos del encierro de esta.
Dentro de la casa de la señora Brandley y fuera de la casa de la señora Brandley, sufrí toda clase y grado de tormento que Estella podía causarme.