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nydus/Great ExpectationsPublic
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Capítulo XXXIII

Pasó su brazo por el mío, como si fuera algo indispensable, y le pedí a un camarero que había estado mirando fijo el carruaje como un hombre que jamás en su vida hubiera visto semejante cosa que nos mostrara un salón privado.

Ante eso, sacó una servilleta, como si fuera una pista mágica sin la cual no pudiera encontrar el camino al piso de arriba, y nos condujo al agujero negro del establecimiento, amueblado con un espejo cóncavo (un artículo de todo punto superfluo, dadas las proporciones del agujero), una salsera de anchoas y los zuecos de alguien.

Como yo objetara tal refugio, nos llevó a otra habitación con una mesa para treinta comensales y, en la chimenea, una hoja arrancada de un cuaderno quemada bajo un almud de polvo de carbón. Tras contemplar esta conflagración extinta y sacudir la cabeza, tomó mi orden; la cual, al resultar ser simplemente «un poco de té para la señora», lo hizo salir del cuarto en un estado de ánimo muy abatido.

Comprendía, y comprendo, que el aire de esta estancia, con su fuerte combinación de caballeriza y caldo de sopa, podría haber llevado a cualquiera a deducir que el departamento de diligencias no marchaba bien, y que el audaz propietario estaba cociendo a los caballos para el servicio de refrigerios.

Sin embargo, la habitación lo era todo para mí, puesto que Estella se encontraba en ella. Pensé que con ella podría haber sido feliz allí para toda la vida. (He de señalar que en aquel momento no era feliz en absoluto, y lo sabía muy bien).

—¿A dónde vas, en Richmond? —le pregunté a Estella.

—Voy a vivir —dijo ella—, a gran costo, con una señora de allí que tiene el poder —o dice que lo tiene— de llevarme de un lado para otro, presentarme a la gente y mostrarme a mí a los demás.

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