me perdonéis! ¡Os ruego que me dejéis oír las palabras de vuestros labios, para poder llevarme su eco conmigo, y entonces seré capaz de creer que podéis confiar en mí y tener un mejor concepto de mí en el
—¡Querido viejo Pip, viejo amigo —dijo Joe—, Dios sabe que te perdono, si es que tengo algo que perdonarte!
—¡Amén! ¡Y Dios sabe que yo también! —se atrevió a decir Biddy.
—Ahora dejadme subir a ver mi antiguo cuartito, y descansar allí unos minutos a solas. Y luego, cuando haya comido y bebido con vosotros, acompañadme hasta el dedo indicador, queridos Joe y Biddy, ¡antes de que digamos adiós!
Vendí todo lo que tenía, y aparté cuanto pude para un arreglo con mis acreedores —quienes me dieron amplio plazo para pagarles por completo—, y salí a reunirme con Herbert. En menos de un mes había dejado Inglaterra, en menos de dos meses era empleado de Clarriker y Cía., y en menos de cuatro asumí mi primera responsabilidad individual. Pues la viga del techo del salón en Mill Pond Bank había dejado entonces de temblar bajo los gruñidos del viejo Bill Barley y estaba en paz, y Herbert se había ido a casar con Clara, y a mí me habían dejado al frente exclusivo de la Sucursal del Este hasta que él la trajera de regreso.
Muchos años pasaron antes de que yo fuera socio de la Casa; pero viví feliz con Herbert y su mujer, viví frugalmente, pagué mis deudas y mantuve una correspondencia constante con Biddy y Joe. No fue sino hasta que me convertí en el tercero de la Firma cuando Clarriker me traicionó ante Herbert; pero entonces declaró que el secreto de la sociedad de Herbert había estado bastante tiempo sobre su conciencia, y que tenía que contarlo. Así que lo contó, y Herbert se conmovió tanto como se asombró, y el querido muchacho y yo no fuimos peores amigos por el largo encubrimiento.